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Tuesday, June 18, 2024
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Wilson Rogelio Enciso

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Chaguaní, Colombia, 4/15 de julio de 1958, profesional en Ciencias Políticas y Administrativas (Administrador público), diplomado y posgraduado en diversas especialidades académicas y de gestión pública. Laboró con el Estado colombiano entre 1978 y 2015 y fue docente universitario de 1986 a 2012. Autor de una saga de veinte novelas, dos en proceso y tres en perspectiva, dos compilaciones de narraciones románticas y relatos que difunde en Revista Latina NC, wrenciso.com y en Escondite Literario Tropical. Novelas publicadas: La iluminada muerte de Marco Aurelio Mancipe, 2016, Con derrotero incierto, 2017, Enfermos del alma, 2018, El frío del olvido, 2019, Matarratón, 2021, El valle de las apariciones – Novela Coral, 2022, Berenice, una mujer feliz, 2022, Sin afán ni olvido, 2023, Historias guardadas, 2023 y ENTROPÍA, 2024. Amé en silencio, y en silencio muero, 2017, es una compilación de narraciones románticas y en Canto Planetario – Hermandad en la Tierra, 2023, participó con un relato ambiental. Wilson Rogelio Enciso es gestor de la iniciativa literaria: Una novela para cada escuela, con la cual busca incentivar la lectura en la juventud. Lleva donadas más de ciento setenta obras de su autoría en bibliotecas y escuelas públicas en Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, República Dominicana, México, Nicaragua, Argentina y España, con entregas personales, la mayoría, con envíos por correo y mediante presentaciones vía Internet.

Vía Alterna al Paraíso 4×4

Para la celebración de nuestros cuarentaiséis años de amistad escogimos la finca El Frutal, emprendimiento lúdico de propiedad de uno de nuestros compañeros y amigos: Eliseo Rivera y su gentil como hacendosa esposa señora Maritza, a quienes damos gracias por su recibimiento y hospitalidad.

Congoja

Hola, mi querido joven amigo virtual de letras (JAV); además, gestor y protagonista de una historia que involucra a cerca de trescientos artistas de los cinco continentes, en casi ciento diez países y más de setenta idiomas. Novela que pronto será noticiada… ¡eso espero!

Laderas de Une

Esto escuché en alguna reunión entre paisanos. De esta participaban el alcalde, el cura párroco, de aquel entonces, y algunos conciudadanos convocados para la ocasión: —Bueno, a todas estas: ¿qué es lo mejor de Une? —preguntó uno. —Lo mejor de este pueblo es su gente que es buena gente —respondió alguno. —¡Gente que por todo lado y a toda hora se reproduce!, dice mi esposa —agregó otro...

Claro de Luna

Allá en mi Escondite Literario Tropical, sede rural, madrugué a escribir el artículo para cumplir el compromiso con la Revista Latina NC. Necesitaba enviarlo a tiempo para que pudiera ser revisado, editado y publicado el último día del mes. Estaba en esas cuando mi gata salvaje se deslizó por la ventana hasta mi escritorio. Creo que este fue el diálogo mudo que tuvimos… ¡creo!

Colibrí verde esmeralda

Desde hace unos quince años, tras cumplir los treinta, opté por ir cada mañana al parque del barrio, de 7 a 8, a dar unas cuantas vueltas al trote. Siempre finalizo con unos minutos de estiramiento en la zona de máquinas. Lo hago con regularidad, excepto cuando amanece lluvioso, tengo algo que hacer ese día o los cólicos me lo impiden. No hablo con nadie, más allá de un esquivo y obligado «¡Hola!», cuando uno que otro hombre adulto me saluda, quizá por cortesía al coincidir en rutinas y lugares. Tampoco faltan otros que sacan a esa hora a pasear sus perros e intentan ser amables.

La última voluntad del difunto

Celebrándole el cumpleaños a un familiar en su casa de campo, otro de los invitados, de voz en cuello, contó varias historias en menos de cuarenta minutos. Todas, al cual más, me parecieron interesantes, aunque propias de sociedades subcontinentales, como esta en la cual, en suerte, nos tocó vivir. Cuando se despachó con la quinta estaba dispuesto, por cortesía citadina, a escucharle esta y no más. Tenía pensado, una vez aquel terminara, pararme y decirles a los anfitriones que tenía que regresar temprano a la capital, antes de entrada la noche.

Casi noventa resoluciones

Cuando por fin nos encontramos en aquel Café Valdez y comenzamos a degustar, él su primer tinto americano y yo un late aderezado con canela molida, soltó sin mayores filtros esta historia, entre otras tanta que atesora y trae guardadas desde el orto del convulso s. XXI, allá en los inexpugnables calabozos de su memoria. Historia que, desde luego, por seguridad nacional y personal de aquel egregio exfuncionario, también, de mi pellejo, hice objeto del pincel de la transfiguración literaria subcontinental para compartirla con ustedes y las futuras generaciones lectoras, de haberlas...

La papa que nos comemos

Con eso del cambio climático, la contaminación ambiental, así como para evitar en cualquier momento otro periodo infernal de cuarentena encerrado entre cuatro paredes en un conglomerado residencial, y una vez la pandemia pareció dar tregua, decidí buscar un cuadro de tierra en un pueblo algo cerca de la capital para construir una cabaña e irme a vivir allá de manera alternativa. La idea no era desconectarme del todo de la vida citadina, por lo del trabajo y los asuntos médicos y asistenciales que en el campo suelen ser restringidos, complejos, cuando no inexistentes en algunos casos. Por lo que para estos y otros menesteres es imperioso el vínculo y la cercanía con la urbe.

El queso

Aquel certamen era como el queso artesanal, el hecho a mano a partir de experticia campesina y recetas ancestrales. Era un producto original que hablaba de la satisfacción y del esmero de sus ignotos productores para que su sabor, aunque complejo, así como su forma caprichosa y olor singular que solo el tiempo le daba, cautivara la pupila, el paladar y la mente del lejano y desprevenido consumidor al abrir las hojas que contenía tal literario manjar y que, al interiorizarlo, además del disfrute a plenitud que le producía, le ponía alas a su imaginación.

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